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Negocios M&E

La mina de oro del demonio

El extraño caso de Serra Pelada

MINING PRESS/Crónica

JORGE FERNANDEZ GENITLE

Un enorme yacimiento que entre 1979 y 1980 se convirtió en un verdadero "infierno" para quienes intentaron enriquecerse.

Serra Pelada era un diminuto pueblo ubicado en el estado do Pará, unos 430 kilómetros al sur de la desembocadura del magestuoso río Amazonas en una zona que si bien es rural es cercana a un lago, mientras hacia el oeste y más al norte, unas sierras bajas generaron una inusitada fiebre del oro que arrancó en 1979 y que por casi una década desencadenó un enorme movimiento de gente, que por poco no terminó en un verdadero infierno . Tanto, que en la actualidad es zona vedada y los pocos que la transitan aseguran que allí se escuchan lamentos y gritos. Es que, si se evalúan las ímágenes, el demonio debería estar aún presente en aquella región.

Tal fue el estado de desesperación, locura y estrés por encontrar oro, que un investigador del tema, Miguel Jorge, lo describió así: “Bienvenidos a Serra Pelada, lo más cerca que ha estado el hombre de crear un infierno en la Tierra”. Por algo será que nadie se quiere acercar a ese sitio. Esta es la historia.

Parecían hormigas: rápidamente se corrió la voz de que existía mucho oro a cielo abierto, y en pocos días las laderas parecían hormigueros.

Todo comenzó en enero de 1979, cuando un niño de la región se tropezó sin querer con una pequeña pieza dorada, de unos seis gramos y que estaba escondida en un río local. Pocos sabían que ese pedazo de metal era oro, y que la increíble tranquilidad en la escasa población, una vez comprobado el hallazgo, iba a trastocar aquella calma pueblerina de años en una marea de gente en pocos días.

Es que al correrse la voz de la concreta existencia de oro en esas ondulaciones, miles de brasileños, en su mayoría de regiones cercanas, aunque también los hubo de otros estados e incluso extranjeros, se amontonaron en torno al simbólicamente reflotado “Dorado”, que por décadas buscaran infructuosamente los colonos españoles y portugueses en los lejanos siglos XV y XVI. Todo, en medio de una particularidad muy marcada: casi en su totalidad los buscadores de oro correspondían a estratos muy pobres, en medio de una sociedad brasileña castigada por años de opresión militar, de una dictadura que gobernó con mano dura entre 1964 y 1985, y que había llegado hasta límites extremos de sumisión y pobreza.

Se desata la fiebre

Con semejante panorama, aquel descubrimiento se convirtió en una verdadera revolución en toda la región donde las excavaciones mineras de oro al aire libre terminaron por convertirse en las más notorias, pero a la vez descarnadas,, salvajes y violentas desde que se recuerda la explotación del precioso mineral, a partir de que, confirmado el hallazgo de aquella pepita de oro que había encontrado el jovencito en la zona rural junto al lago en Pará, se confirmaba que la zona de las laderas quedaría abierta a todo aquel dispuesto a explotar la minería, bajo la tutela de unos pocos que administrarían. Sin embargo, esa decisión, sorpresiva, increíble e ingobernable, fue el envión que se necesitaba para que todo se desmadrara y no tuviera retorno.

Sin marcha atrás

Apenas 7 días después, el área de Serra Pelada se inundó con cientos de miles de hombres ávidos de modificar sus misérrimas vidas a cambio de explotar un sitio que les diera una vida mejor, tanto para sus familias como para quienes estaban dispuestos a hacer un enorme sacrificio. Una enorme mayoría debió costearse pequeñas fortunas para llegar al Brasil profundo, tan lejano e inexplorado de las grandes ciudades como Río de Janeiro, San Pablo o Curitiba. Es que la única manera de llegar a esta remota región era través de avión (los que viajaban de zonas más alejadas), pero también transportándose en camiones, micros e inclusive a pie. Muchos normalmente llegaban a pagar precios exorbitantes para que los pocos taxis los llevaran desde la ciudad más cercana hasta el final de un camino que combinaba tierra con piedras. Desde allí, debían caminar más de 18 kilómetros hasta el sitio tan esperado.

Así, en medio de un terreno aún con cierta vegetación, buscadores potenciales de oro de todos los estratos sociales, ya que muchos apropiadores y otros inescrupulosos se sintieron atraídos por la avaricia, hicieron ingentes sacrificios para llegar al sitio. La inmensa mayoría soñaba con la esperanza de conseguir trabajo en la nueva mina, con un deseo irrefrenable de cambiar sus suertes, en tanto que otros se imaginaban enriquecidos, en tanto que los dueños de las tierras organizaban todo como para intentar tener cierto orden de lo que se iba a encarar.

Cuando el metal precioso comenzó a no ser encontrado se produjeron muchos choques entre los mineros y los guardias.

Sin embargo, la inmensa mayoría tardó muy poco en comprender que la tarea no iba a resultar fácil. Es que esos improvisados mineros tenían una paga que iba entre los 2 y 3 dólares al día (que no era mucho), en jornadas extenuantes, demoledoras, de un contrato en el que se veían obligados a escalar centenares de metros de escaleras y peligrosas cuerdas en un terreno muy empinado, para llegar al área superior en donde se habían trazado varias parcelas, en la que cada uno debería excavar con sus propias manos para intentar dar con el preciado metal. Todo, en medio de escasos capataces, quienes observaban el desempeño de los miles de hombres recién contratados por la sociedad que se había formado.

Aun así, pese a aquel extenuante esfuerzo de aquellos improvisados mineros, la tarea terminó siendo una verdadera obra maestra del terror, cuyo guión parecía escrito por el mismísimo demonio.

Es que aquellos ilusionados hombres que esperaban encontrar fácilmente miles de toneladas del dorado metal se encontraron en un verdadero pozo sin fondo, inmersos en el barro, la humedad misma de la tierra removida y el sudor propio, que en jornadas laborales cada vez más extensas y extenuantes, debían transportar precarias bolsas de arpillera de hasta cien kilos de sedimentos y tierra removida por angostas escaleras que se deterioraban rápidamente, lo que comenzó rápidamente a producir cada vez más repetidos accidentes, varios de ellos con un cierre fatal. Además, quienes lograban bajar, ya en la base no se detenían hasta escudriñar entre los escombros y, con algo de suerte, hallar algo que fuera parecido al dorado metal brillante.

De entrada, bien

Al principio, en medio de la marea humana que se movía por el terreno fangoso, de arcilla y tierra rojiza mientras los hombres parecían hormigas, se encontraron grandes pepitas de oro, lo que presupuso que la fuente podría ser inagotable. La porción de piedra más grande llegó a pesar casi 7 kilos, con un valor aproximado a 100 mil dólares al precio de mercado de 1980.

Empero, la mina también era conocida por sus terribles condiciones y violencia, y la ciudad que creció junto a ella se hizo tristemente famosa por los accidentes fatales, pero también por asesinatos y el descontrol generalizado de quienes habitaban una creciente ciudad que nada tenía que ver con la antes pueblerina de décadas pasadas. Además, quienes no lograban encontrar nada, seguían cavando la blanda arcilla hasta realizar semejantes hondonadas que esas delgadas paredes se desmoronaban, a veces tapando a otros mineros que podían morir ahogados, muchas otras tapando los escasos hallazgos de oro, que estaban diseminados en los diferentes.

Subir precarias escaleras a cielo abierto representaba un peligro más sumado a los muchos que debían superar los mineros.

Así, las desapariciones de varios mineros no tardaron en producirse, sin que nadie lograra comprender dónde estaban, aunque algunos gritaban enloquecidos que en lo alto de la mina se escuchaban gritos desgarradores, y pocos sabían de dónde provenían esas quejas y llantos. Otros sí aparecían muertos en cualquier sitio, pero en especial si al descender sus pares sospechaban llevaban oro en sus bolsas, y hordas de aprovechadores les arrebataban las riquezas halladas, para después matarlos sin piedad. Otros en cambio acusaban al mismísimo demonio de haberlos cooptado por profanar las reglas básicas de la minería. Así, el caos había envuelto al poblado rural, devenido en un sitio caótico en el que el hacinamiento, la falta de higiene, la incipiente locura de muchos, las brujerías de otros, el alcohol y las más bajas miserias se entremezclaban sin control. Y con un detalle que no era menor: casi nadie podía regresar a su casa sin escapar, mientras se llegó a registrar una media de 70 muertos por cada mes, sin incluir los desaparecidos, al tiempo que la desazón, en combo con prostitutas y borracheras, rompían las ilusiones de miles de mineros sin salida.

La intervención

Tanto caos y las descripciones de la prensa no podían terminar de otra forma. Así, tres meses después del hallazgo del oro, el ejército brasileño se hizo cargo de las operaciones para evitar la explotación de los trabajadores y el conflicto entre mineros y propietarios. El gobierno acordó comprar todo el oro encontrado.

Oficialmente, se identificaron poco menos de 45 toneladas del preciado metal dorado, pero se estima que hasta el 90% de todo lo encontrado se sacó de contrabando, o robado por inescrupulosos. Asimismo, se cree que aún quedan entre 20 y 50 toneladas en la zona, pero resultan imposibles de explotar. En parte, porque la zona está contaminada con altos niveles de residuos de mercurio que quedaron por varias operaciones mineras. Pero, además, pocos mineros se animarían a volver, porque insisten en que allí se escuchan gemidos y gritos desgarradores en medio en la noche y que el mismísimo demonio sigue allí, explotando para unos muy pocos el oro en un sitio que es lo más parecido al infierno mismo.

¿Solamente estaba en la superficie?

El descubrimiento de oro en Serra Pelada también fue diferente a cualquier otra área existente en el mundo. Había evidencias de que el oro se enriqueció cerca de la superficie debido a la circulación del agua de lluvia, algo que es exclusivo de los depósitos de ese metal del Amazonas. Por esa razón, el proceso de enriquecimiento supergénico aún no se comprende del todo.

Sin embargo hay una hipótesis que salta como la posibilidad de que el agua de las precipitaciones (que son abundantes en la zona) se mezcló con la materia orgánica en descomposición de la selva amazónica, para transformarla en agua ácida. Esta se convierte en una red iónica a la que el oro puede unirse y al transportarse por moléculas que después penetran en la superficie del suelo se acumulan para formar una zona enriquecida de oro en las primeras capas. Algo que toma forma ya que las pepitas más grandes jamás vistas en el planeta se vieron en la región.

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