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OPINIÓN

Krugman: El negacionismo climático, la prueba del trumpismo

MINING PRESS/ENERNEWS/AM

PAUL KRUGMAN

Muchos observadores parecen desconcertados por la lealtad de los republicanos hacia Donald Trump, que se traduce como la disposición del partido a respaldarlo en todos los frentes, incluso después de derrotas importantes en las elecciones intermedias. ¿Qué tipo de partido mostraría tal apoyo a un líder que no solo está evidentemente corrompido y aparentemente al servicio de dictadores extranjeros, sino que además niega de manera rutinaria los hechos y trata de criminalizar a cualquiera que los señale? 

La respuesta: el tipo de partido que, mucho antes de que Trump entrara en escena, se dio a la tarea de negar los hechos sobre el cambio climático y criminalizar a los científicos que informan sobre esos hechos.

El Partido Republicano no siempre estuvo en contra del medioambiente y la ciencia. George H. W. Bush introdujo el sistema de comercio de emisiones que controló en gran medida el problema de la lluvia ácida. Apenas en 2008, John McCain hizo un llamado para que se implementara un programa similar a fin de limitar las emisiones de los gases de efecto invernadero que ocasionan el calentamiento global.

 Sin embargo, el partido de McCain ya estaba muy adelantado en el proceso de convertirse en lo que es hoy: un partido que no solo está totalmente dominado por negacionistas del cambio climático, sino que es hostil a la ciencia en general, que sataniza y trata de destruir a los científicos que desafían su dogma.

Trump encaja con esta forma de pensar. De hecho, si uno revisa la historia del negacionismo republicano del cambio climático, es muy parecida al trumpismo. Se podría decir que la negación del cambio climático fue el crisol en el cual se formaron los elementos fundamentales del trumpismo.

Tomemos por ejemplo el rechazo por parte de Trump de toda la información negativa sobre sus acciones y las consecuencias de estas ya sea diciendo que son noticias falsas inventadas por medios hostiles o producto de un siniestro “estado profundo”. Ese tipo de creación de teorías conspirativas ha sido desde siempre la práctica habitual entre los negacionistas climáticos, quienes comenzaron a afirmar hace quince años que las pruebas del calentamiento global —conformadas de evidencia que ha convencido al 97% de los científicos climáticos— eran un “engaño monumental”.

¿Cuál fue la prueba de esta vasta conspiración? Buena parte se basó en, lo adivinaron, correos electrónicos hackeados. La credulidad de muchos periodistas en la supuesta mala conducta revelada por el “Climagate”, un pseudoescándalo basado en citas selectivas y fuera de contexto de correos electrónicos de una universidad británica, presagió el desastroso manejo mediático de correos electrónicos hackeados a los demócratas en 2016 (todo lo que aprendimos a partir de esos correos electrónicos fue que los científicos son personas que pueden ser bruscas y dadas a hablar en abreviaturas hostiles que pueden malinterpretarse voluntariamente).

Ah, ¿y cuál se supone que es la motivación de los miles de científicos involucrados en este engaño? Nos hemos acostumbrado al espectáculo de Trump, el presidente más corrupto de la historia que encabeza el gobierno más corrupto de los tiempos modernos y que rutinariamente llama a sus opositores y críticos “deshonestos”. Casi lo mismo ocurre con el debate climático.


La verdad es que a los negacionistas climáticos más destacados se les paga para que adopten esa postura, ya que reciben enormes sumas de dinero de empresas de combustibles fósiles. No obstante, después de dar a conocer la reciente Evaluación Nacional del Clima que detalla el daño que podemos esperar del calentamiento global, un desfile de republicanos apareció en televisión para declarar que los científicos solo decían esas cosas por “el dinero”. ¿Se estaban proyectando?

Por último, Trump ha añadido un nuevo grado de amenaza a la política estadounidense, ya que incita a sus seguidores a ser violentos contra sus críticos y a tratar de ordenar al Departamento de Justicia que procese a Hillary Clinton y James Comey.

No obstante, los científicos climáticos se han enfrentado al acoso y las amenazas, que incluso llegan a las amenazas de muerte, durante años. Así mismo, han enfrentado los esfuerzos de los políticos para, de hecho, criminalizar su trabajo. El más conocido de todos, Michael E. Mann, creador de la famosa gráfica del “palo de hockey”, fue durante años blanco de una yihad en contra de la ciencia climática por parte de Ken Cuccinelli, quien entonces era fiscal general de Virginia.

Y hay más ejemplos. Recientemente, un juez en Arizona, en respuesta a la demanda de un grupo vinculado con los hermanos Koch (y sin entender cómo funciona la investigación), ordenó que se dieran a conocer todos los correos electrónicos de los científicos climáticos en la Universidad de Arizona. Para evitar la inevitable malinterpretación selectiva, Mann dio a conocer todos los correos que intercambió con sus colegas de Arizona, acompañados de explicaciones que les daban contexto.

Esta historia tiene tres moralejas importantes.

La primera es que si no logramos estar a la altura del desafío del cambio climático, con resultados catastróficos —lo cual parece muy probable— no será como consecuencia del fracaso inocente de entender lo que estaba en juego. En cambio, será un desastre derivado de la corrupción, la ignorancia intencional, las teorías conspirativas y la intimidación.

La segunda es que la corrupción no es un problema de los “políticos” ni del “sistema político”. En especial es un problema del Partido Republicano, que ha hurgado todavía más profundo en el negacionismo climático a medida que el daño de un planeta que se calienta se vuelve cada vez más evidente.

La tercera es que ahora podemos ver el negacionismo climático como parte de una podredumbre moral más extensa. Trump no es una aberración, es la culminación de hacia dónde se ha dirigido su partido durante años. Podríamos decir que el trumpismo es solo la aplicación de la depravación del negacionismo del cambio climático en cada aspecto de la política. Y no vislumbramos que la depravación vaya a llegar a su fin.

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