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OPINIÓN

Escribe Caro Figueroa: Sarmiento, un torrente vital

MINING PRESS/El Tribuno

GREGORIO CARO FIGUEROA

En un país donde casi todo estaba por hacer, Sarmiento se propuso hacerlo casi todo. Terminó haciendo lo que pudo, o lo que la época y los retardatarios no le pudieron impedir hacer. Las más de las veces, hizo  contra todos los que se sentían desbordados por la desmesura de su talento, por su independencia y su voluntad.

 A dos siglos de su nacimiento, su vigorosa personalidad no puede ser negada, aunque sea distorsionada por dos miradas divergentes que en algún punto se tocan: en el recelo a su impulso transformador. A veces, el denuesto ahoga la admiración. A veces, el panegírico rebaja el genio.

 Una, despojándolo de su carnalidad y rebeldía, lo recluye en un silencioso panteón laico: es su “jornal de veneraciones”. La otra, atontando su genio y sus ideas, lo erige como clamoroso paradigma de lo extranjero y lo antinacional: es su “jornal de injurias”.

 Aún se mueve esa mano que escribe historia menospreciando o expulsando de sus páginas a este eminente “testigo de la patria”, como dijo Borges, y al “más profundo de nuestros criollos”, como señaló Luis Franco. Parece políticamente correcto manipular o recluir en el desván los Bicentenarios: 1810, Alberdi y  Sarmiento, fechas y nombres del maldito liberalismo criollo.   

La sola mención de su nombre polarizó actitudes en su vida, y las siguió polarizando mucho después de muerto. Ambas coincidieron en equivocarse simplificando a Sarmiento. Coincidieron en el propósito de embalsamar a un hombre cuya vitalidad fue más allá de panegiristas y detractores.

 Recordamos a Sarmiento, nacido al año y tres meses de la Revolución de Mayo, en San Juan cuando éste era un pequeño caserío de tres mil almas dibujado en unas pocas manzanas que se acurrucaban en torno a la plaza principal.

 Nació en esa aldea llamada ciudad, la más importante de la región de Cuyo. De origen humilde, su padre era un arriero de mulas y su madre, pobre-decente heredera de una “menguada herencia”, accedió a la educación primaria al resquebrajarse el orden estamental y sus prejuicios sobre el color de piel, intactos en la vida lugareña.

En aquella periferia de un país en ciernes, surgió un joven que leyó con admiración la ética del esfuerzo que brotaba de la vida de Benjamín Franklin. Que una mente tan fértil y una voluntad tan robusta hayan salido de esa aldea, prueba que es verdad que “puede haber países subdesarrollados pero no inteligencias subdesarrolladas”, como anotó Octavio Paz.

  Sarmiento se abrazó a las ideas como modo de asir parte de esa realidad aún en gestación: un espacio territorial infinito, desértico pero dotado ricamente por la naturaleza. Admiró en Franklin “el ejercicio de la inteligencia como instrumento de trabajo”. Condenó la indolencia: “Lo que más degrada a una sociedad es el desprecio al trabajo”.

 Nada más falso que ver en Sarmiento un ideólogo carente de sentido práctico y fantaseador. Amasó el presente con ideas y barro, mirando el horizonte. Tenía impaciencia por realizar sus intuiciones. Creyó que esa fuerte voluntad podría sacudir el ambiente, renovando tradiciones. Labró un duro terreno donde el reconocimiento se mezquina y llega tarde.

Sin fortuna, sin partido, sin redes familiares y sin armazones políticas, Sarmiento se modeló a sí mismo: fue autopropulsado. “Nunca fui un político. Mi propósito, aún desde joven, era construir una república”. Confesó: “En política soy siempre maestro de escuela”. No se plegó a los rumbos de la opinión pública: trabajó, pensó  y escribió para orientarla hacia nuevos caminos, expresó.

Explicó: “Quisiera que entremos en la realidad de la república, a saber que las elecciones fuesen reales, que la representación fuese real, que el poder fuese real. Algo más querría y es que la moral también forme parte de la política”.

Esa república imaginada debía ser una gran escuela porque “las escuelas son la democracia” y el único escudo de nobleza es el que otorgan la capacidad y el mérito. Es obligación de los gobiernos “educar al pueblo sin distinguir al hombre de la mujer, ni al chino ni al mulato de los que se llaman nobles, ni al hijo legítimo del ilegítimo”, señaló.

 “La educación es un capital puesto a interés por las generaciones presentes para las futuras”; la instrucción primaria gratuita para todos es un derecho, observó un siglo antes que los expertos  internacionales en educación advirtieran que la educación no es un gasto “sino una inversión altamente retributiva”, anotan Gregorio y Félix Weinberg.   

Provocó deliberadamente lanzando rayos para sacudir ese ambiente rutinario, demasiado ocupado en rumiar en viejas creencias. Comenzó por educarse a sí mismo y jamás dejó de hacerlo. Puso empeño, con “la paciencia y tenacidad del presidiario”. Se abrió a la humanidad aunque su carácter argentino es más auténtico que el de muchos de sus detractores.

No fue un encandilado admirador de Europa ni propuso jamás el plagio de esa sociedad que conoció y a la que criticó sin concesiones, por sus injusticias y su atraso. Captó con sutileza las diferencias entre el Viejo Mundo y la sociedad que se estaba modelando en Estados Unidos.

  “No hay principios norteamericanos, como no los hay franceses. Hay los derechos del hombre, y los progresos de la inteligencia humana universal que piden su aplicación en todos los puntos de la tierra”, observó mucho antes que se hablara del carácter universal, integral, indivisible e interdependiente de esos derechos.

Descubrió que la democracia allí no tenía sólo su fundamento en la igualdad de oportunidades o en un equitativo acceso a la riqueza, a la tierra y al ahorro, sino porque el pueblo norteamericano participaba en la vida de la Nación a través de una red de asociaciones civiles.

Sarmiento buscó situarse en una dirección que tenía sus distancias con el revolucionarismo que en Europa había dado frutos agrios, y del conservadorismo que había afianzado en la Argentina a un sector pequeño de gran poder económico y de poder político.

Quería pues hacer un país moderno difundiendo no sólo la educación para formar ciudadanos, sino también facilitando el acceso a la propiedad y distribuyendo la riqueza, cimientos de una democracia política estable. “El peor enemigo de la educación popular en nuestra América son las clases cultas”, denunció.

No sólo quería difundir la lectura y escritura. Su idea fue más amplia. Sembró bibliotecas públicas y vio con claridad que el trabajo era un factor de formación que no podía separarse de la instrucción intelectual. “De la educación de las mujeres depende la suerte de los Estados”.

Sarmiento fue la contradicción viva. Precisamente porque era una inteligencia rebosante de vida. Sarmiento es “un lujoso espectáculo de energía bullente”. Eligió ser provinciano en Buenos Aires y porteño en provincias.

 Fue un liberal no conservador que usó la imprenta, dirigió periódicos, divulgó la ciencia, trepó al caballo y se alistó en ejércitos. Arremetió contra España, de modo español, observó Unamuno. Octavio Amadeo advirtió que en Sarmiento “las ideas tenían uñas, pelos y dientes”.        

  Conducta, austeridad, defensa y sostenimiento de la democracia, logro del bienestar general, crecimiento económico, paz entre los argentinos. Esos valores no están anclados en el pasado: son parte de nuestro horizonte de expectativas. Este grande, común y solitario hombre, vivió y sufrió por el país que le tocó en suerte por patria.

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